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jueves, 9 de enero de 2020

LA VUELTA A CASA.

Yo era uno de esos bultos, lúgubres y desvelados, que deambulan por las madrugadas brumosas, arrastrando pasos melancólicos de tango, cargando sueños crispados de 'rock and roll'. A veces, como por acaso, las marquesinas apagadas del viejo bar me invitaban a compartir infructuosas tertulias.
Barbudos metafísicos, transgresores místicos, guerreros de medio tiempo, agarrados a un vaso confrontando ideas con argumentos que reverberaban en el ambiante cual estrofas de una vieja balada, como acordes de una dulce melodía aún más sutiles que el propio alcohol y que se desvanecían antes que el sol derritiera la escarcha del pasto, no resistiendo los albores de un nuevo día.
Un día, cansado del ciclo eterno, hice del mundo el camino más ancho. Conocí mujeres que después del baile se convertían en la madrastra de Cenicienta. Comí platos por los cuales los presos más duros de las más duras cárceles tercermundistas harían hartos motines. Yo vi a los mendigos, vestidos con los grises del tiempo y el espacio, ofrecer su limosna de objeto de caridad a los gordos de espíritu, escondidos tras los ojos que no se miran. Yo olí la pólvora ofrecida cual incienso a los dioses paganos del trueno, vi el rayo reflejado en la hoja del cuchillo cayendo cual rayo certero, conocí el rojo carmesí que hasta llegué a paladear. 
Dormí en las entrañas húmedas y oscuras de la tierra, allí donde reside el dragón. Viajé por los aires uniendo elevadas cumbres. Caminé sobre ascuas sin quemarme los pies. Me asomé al abismo de las aguas, y el Levitán aplastó mis huesos; pero no sucumbí. 
Primero perdí el escudo milenario, luego poco a poco fui perdiendo partes de la  aún más antigua armadura. Los guanteletes, luego el yelmo, el peto y así fue cayendo por partes hasta que sólo me quedó la espada, hasta que se partió. Y empuñando el pomo de la misma como toda arma, seguí combatiendo, aún sin aire en los pulmones. 
Cuando ya no quedaron demonios que destruir, cuando ya de mi no quedaba nada, ni siquiera encontré esperanzas, ni razones, ni motivos. Para nada. Pude ser como la brizna que se doblega al viento, o como el viento que parte al roble. Pude ser la muralla inexpungable, el vuelo del águila, o incluso pude ser el silencio. Conjugué todos los verbos, ejecuté todas las acciones. Puedo estar, puedo ir viniendo o irme volviendo. Pero no fue hasta que lo perdí todo, incluso la misma esperanza, que supe que soy lo que soy. Yo soy lo que está entre lo que existe y lo que no existe, como un punto en el espacio que es y al mismo tiempo no es sino un abstracción, pero que aún así contiene al mundo y es su parte esencial. 
Yo no soy el oro de la bolsa, ni siquiera soy la bolsa, sino el vacío que forma la boca de la bolsa. Pero sin ese vacío, la bolsa pierde utilidad, nada podría entrar ni salir de ella sin destruirla. Y se puede robar el oro, se puede perder, o se puede rasgar y quemar la bolsa. Pero lo que no se puede destruir es ese vacío. 

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