Yo no se cuántos pensadores analizaron la nulidad del bien y del mal, desde Lao Tse hasta Niteszche, ni cuántos escritores recogieron el concepto como Salman Rushdie. Fueron muchos, eso sí, y no todos cayeron en el nihilismo al traspasar la concepción de lo absurdo del ser. La mayoría simplemente quiso desbancar la validez de una moral impuesta, comprada hecha, porque si bien hay valores colectivos que parten de sentimientos comunes, cada ser ocupa un lugar diferente en el Cosmos, y de ahí se convierte en un epicentro rodeado de circunstancias particulares.
En principio se trata de elecciones básicas, condicionadas por aquel llamado instinto con el que aún nacemos, como la supervivencia, y que se puede convertir en deseo de vivir o en deseo de morir. Puede ser amar la vida sin importar la muerte. O puede ser temer la vida y desear la muerte. Habrán otras combinaciones; pero no encuentro sentido en perderme en desvaríos al respecto de las mismas, debido a que la pregunta o cuestión planteada es que si el bien y el mal no existen -como tantos aseguraron- entonces uno no necesitaría de un código o filosofía personal de vida.
Uno elige si construir o destruir, uno elige no elegir y quedarse viendo. Uno elige ser parte de la obra hecha, y entonces debería sí asumir la moral comprada o convertirse en el que está jugando sucio o fuera de las reglas. Parte de ese instinto de supervivencia es ser gregario, en el caso del hombre, y eso requiere de presumir lo que el otro piensa y siente a través de lo que llaman empatía; y cuando eso falla, la convivencia se resiente a veces a través del conflicto, a veces a través de la sumisión o dominación aceptadas.
El bien y el mal impuestos, creados como sistema, pueden permiter una sociedad funcional o puede convertirse en formas de control y dominación. Poder. Pero hay que saber separar el trigo de la paja, cada instrumento es válido o no de acuerdo al fin último, y basta ver los resultados que tienen de acuerdo a su costo. Pero hablábamos de empatía, que no tiene por qué limitarse al otro, sino extenderse a lo otro también. A través de la intuición, la empatía; o el simple estar por decirlo en un término para mí más aceptable implica una conexión con la Tierra a través del aire que respiramos, el suelo que pisamos, y los alimentos que ingerimos, entre otra infinidad de cosas que generalmente nos pasan desapercibidas en cuanto a provenir de una fuente principal. Es como el niño que cree que la leche viene del supermercado y no conoce a la vaca. Todo lo que somos, donde estamos, lo que hacemos y el universo completo de nuestras vidas es parte de este planeta, y este planeta de esta Universo.
Entonces uno vive, y para seguir viviendo necesita entender el sistema, que va más allá del político, del religioso y social. Porque esos llamados sistemas provienen de un sistema mayor, que los creó, o de los cuales provienen, y que en definitiva los explica. Por lo tanto como en sistemas menores, la empatía, o la conciencia del ser parte de algo mayor, determina las acciones de cada ser humano. O debería determinar para vivir más seguro y en paz, lo que implica vencer temores y dudas, sin necesidad de caer en aquellas certezas históricas que sólo generaron más dudas.
Por eso cuando el sistema político global pretende, o dice querer ayudar a mantener el ecosistema o la salud de la Tierra, al carecer de la empatía que es inherente al ser vivo individual, se convierte en una simple manipulación política, comercial o vaya a saber uno qué más. No me interesa ese sistema, solamente lo pongo de ejemplo: el sentir la Tierra, el sentir los animales, el Universo, debe ser patrimonio de cada uno, no le corresponde a instituciones ni a papeles escritos. Ni siquiera le corresponde al otro, por más maestro que sea.
Y es a partir de entonces, de la conciencia de uno mismo en un universo infinito, que uno puede desarrollar una ética personal, de la cual es parte obviamente la ética colectiva en la que vive inmerso. Y se sigue eligiendo, si construir o destruir. A partir de lo último, el valor moral personal, lo bueno y lo malo, es lo que determina las acciones y línea directriz de la vida de cada uno. Lo bueno y lo malo no tienen nombre más allá de nosotros mismos, son elecciones de cada uno que determinan las acciones. Es entonces que surge el valor como herramienta: si elegimos construir, destruir, parasitar, desaparecer o la que sea, las herramientas que usemos serán diferentes. Y esas herramientas son los valores de cada uno, cimentados en los principios de amor a la vida o miedo a la vida.
Un tema como éste no se puede agotar en una mente limitada como la mía, menos en un escrito improvisado en un rato ocioso, ni ha podido ser agotado ni aún en el devenir de la evolución intelectual humana.Lo importante es el punto de vista.
lunes, 20 de enero de 2020
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