Tengo una amiga que está más fuerte que un tren. Mujeres así son las que inspiraron los mascarones de proa, y si la Armada Invencible hubiera usado su efigie, los ingleses no hubieran podido salir de sus miserias.
Me llamó porque tenía problemas en el trabajo. Sabe que yo, al igual que los curas y los políticos, tengo un talento especial para mandar a los demás a trabajar. A los demás, yo no por supuesto.
Y ya que estaba, después que la hice reír un poco, traté de aprovecharme de la situación. Es que la soledad es linda, pero no siempre el cuerpo está de acuerdo, así que traté de ponerme un poco más cariñoso.
La cosa no iba tan mal, yo trataba de estirar la conversación y ella no se empalagaba de tanta dulzura. Hasta que empezó a haber interferencias con el teléfono, cada vez peores, así que decimos cortar y hablar luego. Igual yo ya tenía ahí el anzuelo con la carnada, era cuestión de que picara en su momento.
Cuando íbamos a cortar yo le decía que cortara ella, y ella me decía que cortara yo. Dos o tres veces. Hasta que sale una tercera voz, femenina, de la línea, y nos dice:
-''Señor, deje a la señorita ir a trabajar, que también es mi hora del almuerzo y me quiero ir a descansar un momento. Si habrá cosas serias para oír y yo tengo que escucharlo a usted. Y Ud. señorita, haga el favor de cumplir la labor para que le pagan y no se deje engatusar por este canalla''.
Me cortó el mambo, los dos asentimos y cortamos rapidísimo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario