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miércoles, 27 de enero de 2021

 El milagro del arroyo es que siempre baja y nunca se extingue, se drena sin vaciarse, cambiando su fuerza y temperamento por estaciones. 

Sin dejar de ser lo que es, busca lo más bajo, horada lo más alto, siendo blando conquista lo duro. Algunos vendrán a orinar, otros a beber; pero nada cambia ni su ser ni su devenir permanente. 

Siempre es el mismo; pero nunca te baña con las mismas aguas.


 Si digo que me gusta la noche no es que sea muy fiestero, de boites oscuras, viajes etílicos ni música estridente. Me gusta el silencio de la noche, la oscuridad que nunca es total, los ruidos lejanos que viajan en el viento, la presencia lúgubre de edificios y otras siluetas que se dibujan contra el cielo.

Y lo mejor, el encuentro siempre agraciado con el ser en sí mismo, absorto, viendo al mundo en suspensión holográfica. En esa dimensión no hay sino una serena alegría, donde los avatares de la vida real se difuminan en su propia levedad, donde -en sustitución de ese sueño que no es- los elementos preexistentes en la realidad se vuelven a combinar para crear una realidad diferente. Es el reino de la imaginación; y por lo dicho en la frase anterior, todo lo imaginable es real.
 
No tarda tanto en asomar el reflejo del sol en las nubes, trayendo la promesa de un nuevo día, también filtrando ese vuelo nocturno con atisbos de razón. Es cuando mañana y ayer se hacen ahora. Es enero, el verano austral.