La segunda vez que salimos la invité a comer pizza, algo por lo cual tengo tanta debilidad como tenía por ella. Me confesó que hacía tres años seguía una dieta muy estricta para no engordar. Ante eso no pude menos que sentir compasión, no podía soportar ni apenas pensar que ese delicado ser tuviera que someterse a tal sacrificio. Fue entonces que la disuadí de abandonar tal práctica, diciéndole lo que realmente creo: que la belleza es algo que no está relacionado con el peso y que la comida es uno de los placeres importantes de la vida.
Después de eso disfrutábamos de los manjares que el universo tiene para ofrecernos. Al principio me provocaba placer ver cómo se clavaba una empanada, un vaso de refresco y tantas viandas sensuales. Un poco más adelante, no entanto, y mientras nuestra relación se hacía más formal, íbamos a comer a los mejores restaurantes a los que yo con satisfacción podía acceder para agasajarla.
Pero fue así que llegó un momento en que me di cuenta que era más barato comprarle un vestido que invitarla a comer. No es que sea tacaño, no me importa el dinero; pero parecía como si la gula hubiera despertado en ella después de tanta abstención, y me frustraba no poderle llenar el estómago, el esófago y la garganta de comida. Y eso también duró poco, porque le engordó tanto el culo y el resto de su anatomía, que ya la ropa era difícil de conseguir, especialmente los vestidos de marca.
Empecé entonces a regalarle joyas, y dejé que siguiera usando la ropa que tenía, y que comiera lo normal de todos los días. La comida hecha en casa ofrece la ventaja de poder comprar calidad y confeccionar uno mismo lo que fuera implicaría una despensa industrial y un costo acorde.
No soy rico, ni nunca lo fui, así que al cabo de un par de collares, pulseras y otras baratijas de oro quedé casi en la ruina. Pero no tanto como para no poder comprar a crédito un pasaje de avión. No me alcanzaba para ambos, así que la mandé sola a Disneylandia.. Cabe aclarar que tampoco me alcanzó para el pasaje de vuelta, la mandé con un ticket sin retorno. Ya vería cómo luego le mandaba un pasaje de vuelta.
Pero cuando llegó a ese mundo de fantasía, se gastó el poco dinero que tenía en golosinas y en fotos con el ratón Mickey. El universo siempre da una oportunidad: fue contratada para trabajar en Disneylandia. Su tarea consistía en tirarse de bomba en unos lagos y piscinas que hay por ahí, para salpicar a los otros visitantes. A los niños les encantaba, especialmente considerando el calor que hace en la Florida americana. Algún adulto sin embargo, encima de tener que soportar a los críos propios y ajenos, no toleraba las salpicaduras y solía soltar algún improperio que a pesar de ser en diferentes idiomas, generalmente se refería a su obesidad y a la reputación de su madre.
La pobre no lo soportó, empezó a sufrir de depresión post traumática. Se volvió ojerosa y empezó a perder gracia, en lugar de caminar con su desparpajo alegre de gorda empezó a arrastrar los pies con desgano. Ya no causaba gracia, hay que decirlo, así que la echaron de Disneylandia y eso empeoró su situación. Dejó de mandarme mensajes, así que tampoco la pude rescatar.
Me enteré que terminó viviendo en la calle y se volvió muy desdichada. Guardaba la foto de sus tiempos dorados, cuando saltaba a la piscina. Usaba esa foto para mendigar 'hot dogs', mostrándola y demostrando así todo el peso que había perdido; porque se veía aún más flaca que cuando la conocí, y encima desgarbada. Hay gente que nace con una buena estrella, sin embargo. Porque un día le mostró la foto al dueño de un gimnasio y la contrató para usarla en fotos de 'antes y después'.
La alimentaron sólo con suplementos y vitaminas. La pusieron a hacer ejercicios con máquinas. Y así mantuvo un bajo porcentaje graso en relación a la masa muscular que fue ganando. Descolló en la industria del fitness, salió hasta tapa de revista varias veces.
Cuando la pude contactar de nuevo fue porque ella misma me envió un mensaje. Lo abrí con avidez, hacía tiempo no tenía noticias suyas. Ah, bueno, el mensaje decía que me fuera a cagar. Desagradecida. Ahora anda con un surfista californiano que al muy cabrón invitarla a comer le cuesta más barato que una propina. Y todos los días suben sus selfies a las redes sociales, las cuales para ver tengo un perfil falso porque la muy altanera me tiene bloqueado.
No entiendo a las féminas.

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