En lo personal, me siento más seguro entre los muertos que entre los vivos. Y cuanto más vivos peor. Creo que alguno me entenderá.
De noche y de día, invierno y verano, la temperatura interior de esa cueva siempre rondaba los 19°C. Pero era muy oscura cuando se apagaba la luz, no se veía uno ni la mano enfrente de la cara. Y el silencio era sepulcral, lo que combinaba con el cementerio vecino. No me quejo, era como estar en un útero, los moros sí que sabían vivir bien.
Un día me llevé un fuet catalán que compré en el supermercado, que es como un salamín, y lo colgué de un clavo en la pared. Mientras intentaba dormir, escuché el ruido de un ratoncito que roía el envoltorio. No se si con el shock de haberme roto la pierna, el alta del hospital, el estado alterado de estar en las inmediaciones de un cementerio, la oscuridad y el silencio, el ratoncito me infundió cierta ternura. Nunca lo vi, pero era un topo, un ratoncito de campo, no una cruel y miserable rata de alcantarilla.
Dejé el fuet colgado en la pared todo el tiempo que estuve ahí, y el ratoncito venía todas las noches a la hora que me acostaba y empezaba a roer, y yo me dormía escuchándolo. Al final era su casa, yo estaba de paso.

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