En una época cuya mi mayor ambición era una costilla de cerdo, conocí a un cura católico chino de 80 años que enseñaba el Tao en Barcelona.
Un día me dijo que estuvo 40 años recorriendo Europa y nunca vio una imagen de Cristo sonriente.
Ahí aprendí a nunca perder la sonrisa.
Otra vez conocí a un pintor de brocha gorda miembro de una congregación católica. Me dijo que su padre le enseñó los dos mandamientos de Dios. Lo escuché y me dijo ''en invierno por el sol y en verano por la sombra''.
Ahí aprendí a adorar al Sol.
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