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domingo, 24 de mayo de 2020

Me acuerdo cuando iba al Liceo Militar. Con quince años estaba permanentemente cuidándome de que no me sancionaran, había motivos para todo. No se si la idea era generar ese estado de alerta en los alumnos, o forzar las actitudes. De todos modos, gané disciplina. Sin embargo, por más que me cuidara, siempre terminaba sancionado por cosas tan inocentes como correr en los pasillos, fumar, no afeitarse a pesar del poco vello facial que ostentaba, o estar estrangulando a un compañero en el baño. Pero me costó años volver a una ''nueva normalidad'', como el común de la gente.
Ahora, después de tanto años de cultivar la displicencia, voy al supermercado y aparece el guardia de seguridad para decirme que no puedo entrar sin mascarilla, o que no puedo acompañar a mi madre. En países donde se aplican multas es peor, se promueve la delación entre iguales (cosa repudiable entre militares, por decir algo). Hasta caminar por la calle es motivo de observación, hace poco un helicóptero instaba desde el aire a la gente a no agruparse y usar tapabocas en la rambla frente al mar.
Más allá de lo absurdo -o no- de algunas medidas, el estado de tensión permanente no es saludable, ni física ni emocionalmente. Habría que desarrollar una actitud tipo Zen 😁de mantener la calma aún en las situaciones más generadoras de esa tensión. Algunos estamos entrenados, por historia de vida, a más de allá de cuestionar al sistema, aceptarlo como parte no integral de nuestra persona. Es difiícil, imposible en el grado máximo; pero es un intento permanente hacia el centro en lugar de mantener la atención hacia afuera.
Aprendí tal vez que estrangular a un camarada es lo mismo que caminar a paso displicente por la plaza de armas. Ahora no sea cosa que no usar mascarilla sea lo mismo que robar un supermercado.

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