Cuando tenía cinco años mi abuelo me estaba llevando a la escuela, y se cruzó en el camino con una vecina que llevaba a dos otres niños más, así que me dejó con ella. Pero entre esos niños había uno de mi edad que estaba desfigurado porque se le cayó una olla con líquidos hirviendo encima, mientras su madre cocinaba. Los injertos con pedazos de pelo lo empeoraban.
Así que a esa edad me provocó mucha impresión, y al menor descuido antes de llegar a la escuela me escapé corriendo como medio kilómetro hasta mi casa. Nunca había estado solo en un recorrido tan largo, y ni siquiera llegaba al timbre, así que le pedí a un transeúnte que pasó por ahí que llamara en mi casa para que mi madre me abriera la puerta.
Huí desesperado porque tenía miedo de contagiarme.
No se si por eso, o por otras circunstancias de la vida, que cada vez que veo a un apestado por algo lo saludo físicamente. Tengo una vecina de mucha edad con el rostro desfigurado por alguna enfermedad, siempre lleva un pañuelo en la mano para no ir babeando, y produce cierta repulsión. Pero yo al verla le doy un beso, y es de las pocas vecinas a las que saludo así. Creo que mi mensaje para ella es algo así como que continúa siendo agradable y bella.
En la escala de la interrelación social debo estar bastante bajo, incluso aborrezco que los hombres hayan adoptado la costumbre ítalo-argentina de darse un ósculo. Pero de todos modos al indigente de valor le estrecho la mano, es más que un acto de compasión, uno de reconocimiento. No a todos.
Ahora estoy viendo que con esta crisis sanitaria, se están cortando los vínculos del mamífero primitivo y me revuelve un poco. No costaría nada estrecharle la mano al prójimo, en el ya consuetudinario acto de saludo, afecto y confianza. Todos tocan los mostradores, las mercaderías de los supermercados, los pasamanos. Es más lo que hay que perder que lo que hay que ganar, si vamos a ser calculadores, con el distanciamiento excesivo. No se le puede tener miedo al prójimo, a veces ni aún que estuviera apestado. La tradición cristiana occidental, que algunos compartimos y otros no compartimos, deifica al hombre que lavaba pies y tocaba a leprosos. Y en esa cultura, tradiciones y valores se desarrolló la civilización, ciencia y tecnología actuales. Y como decía somos mamíferos, nos expresamos a través del contacto físico, no somos reptiles ni insectos.
No hay nada de malo en estrechar la mano, eso de saludarse con el codo es una soberana estupidez. Y al ser amado hay que abrazarlo.
Dénse la mano, abracen a sus padres, a sus abuelos, estrechen la mano de sus amigos, hablen con el vecino. Y si están enamorados apretujen a su pareja. No por eso se van a contagiar de nada. Y si acaso se contagian, más vale antes que vivir como un gusano. La vida no vale en tiempo, vale en intensidad y en acciones.
martes, 12 de mayo de 2020
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