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miércoles, 27 de mayo de 2020

Vos podés saber un montón sobre astrofísica, teoría de cuerdas, la historia de Roma, paleontología, filosofía y otras cosas.
Pero cada vez que un hombre se para frente al mar y ve al horizonte en toda su extensión, con el astro Rey en el firmamento, te está dando clases de sabiduría que no deberías obviar.
De esa inteligencia es de la que se ríe el necio quien no pocas veces es erudito.
La ley de vida siempre ha sido que mientras unos se van otros vienen. Eso siempre tuvo su balance positivo, porque a la corta o la larga, eran siempre más los que venían. A veces tocaba una generación para recuperarse de los muertos de una guerra o de una peste. La población mundial por eso ha crecido, por ley de vida.
La vida moderna y la amplitud del sistema de información, sin embargo, ha llevado a que los rituales del duelo y la reflexión consiguiente a la muerte pase a ser una simple formalidad. Y como toda formalidad pierde su razón de ser cuando no es funcional; funcionalidad que se da por sus beneficios; beneficios que en esta época se miden en plata.
Mi opinión con respecto al aborto en este momento no tiene importancia alguna. Pero veo que se habla de la muerte del que está por venir con la mayor de las frialdades, sin ninguna empatía ni contraposición con el hecho inexplicable de la vida en sí misma. Un hecho inexplicable, como aún nuestra propia existencia, que siempre ha estado en los planos metafísicos o místicos, se resuelve ahora con razones que vuelven a la vida en cosa. Y en cosa superflua cuando se trata del que aún no entró al sistema económico, familiar, social. Además, como toda cosa, cuantificable en plata.
Pero eso no es nada, falta la otra cara de la moneda: los que están no se quieren ir. Nadie quiere ser viejo, nadie quiere morir por causa de un virus que mata menos gente que el suicidio. La sociedad se alarma y entra en pánico cuando muere un anciano de más de noventa años, que ya venía con las bielas flojas golpeteando hace rato, si a su certificado de defunción se le agrega la palabra mágica ''corona''. Antes la corona era de flores, y era una ofrenda a los muertos.
Se dice que la cantidad de gente está matando al planeta, y así se aconseja no reproducirse, o desearle la muerte a los demás. Qué cosa más absurda, es imposible que un sistema genere más de lo que puede, tautológicamente porque no puede. La población mundial con sus granjas y sistema de producción total cabría en Francia, o en Texas, si se concentrara en un lugar. Si de ecología y sustentabilidad se tratara, la única solución es el amor a la naturaleza. Naturaleza que enseña, provee, que es madre, y que hoy en día la soberbia del insignificante cerdo intelectualoido pretende dominar, explicar y someter. La gente sencilla no, la gente sencilla está unida a lo primitivo, a la vida misma.
La mayor pandemia que estamos sufriendo es la de no pensar por nosotros mismos, comprar todo resuelto. Fast food, delivery, de información incluida, de decisiones. Nuestras vidas parecen no pertenecernos así. Por más que se esfuerce el sistema de salud en prometernos la vida y juventud eternas donde no entran recién llegados, la ley de la vida es inexorable.
De algo hay que morir, y en el balance final lo que dejamos, si acaso dejamos algo, es el cómo hemos vivido y a veces también el cómo hemos muerto. El cómo es más que el qué, más que el cuánto.
Y el poder de cada uno es o debería ser elegir ese cómo y ese qué, que tiene poco que ver con el cuándo.
Pero es contradictoria una sociedad que teme a la muerte aún de los desconocidos, y se caga en la vida al mismo tiempo. Y se vuelve fácil de dominar: ''Haz lo que yo digo y vivirás'', dicen. Y dentro de su pánico y egoísmo colectivo, pocos piensan en lo que implica ese mandato.
No hay que tener miedo de morir, es como tener miedo de vivir, porque una y otra cosa son lo mismo.

domingo, 24 de mayo de 2020

Me acuerdo cuando iba al Liceo Militar. Con quince años estaba permanentemente cuidándome de que no me sancionaran, había motivos para todo. No se si la idea era generar ese estado de alerta en los alumnos, o forzar las actitudes. De todos modos, gané disciplina. Sin embargo, por más que me cuidara, siempre terminaba sancionado por cosas tan inocentes como correr en los pasillos, fumar, no afeitarse a pesar del poco vello facial que ostentaba, o estar estrangulando a un compañero en el baño. Pero me costó años volver a una ''nueva normalidad'', como el común de la gente.
Ahora, después de tanto años de cultivar la displicencia, voy al supermercado y aparece el guardia de seguridad para decirme que no puedo entrar sin mascarilla, o que no puedo acompañar a mi madre. En países donde se aplican multas es peor, se promueve la delación entre iguales (cosa repudiable entre militares, por decir algo). Hasta caminar por la calle es motivo de observación, hace poco un helicóptero instaba desde el aire a la gente a no agruparse y usar tapabocas en la rambla frente al mar.
Más allá de lo absurdo -o no- de algunas medidas, el estado de tensión permanente no es saludable, ni física ni emocionalmente. Habría que desarrollar una actitud tipo Zen 😁de mantener la calma aún en las situaciones más generadoras de esa tensión. Algunos estamos entrenados, por historia de vida, a más de allá de cuestionar al sistema, aceptarlo como parte no integral de nuestra persona. Es difiícil, imposible en el grado máximo; pero es un intento permanente hacia el centro en lugar de mantener la atención hacia afuera.
Aprendí tal vez que estrangular a un camarada es lo mismo que caminar a paso displicente por la plaza de armas. Ahora no sea cosa que no usar mascarilla sea lo mismo que robar un supermercado.