Sentimos su fuerza, pero no lo podemos ver. Y adquiere esa fuerza del lejano Sol.
A veces es suave y refrescante, a veces es rápido y violento; pero siempre vuelve. Nunca está, siempre va o viene.
Algunos lo aman, otros lo odian, pero él no desprecia a nadie y a todos los visita.
Deja marcas temporales de caricias en la arena suave, y profundas cicatrices perennes en la roca dura.
Se especula cuándo y dónde nació, o cuándo y dónde muere. Pero nadie lo sabe con seguridad. Ni de dónde viene y a dónde va.
Parece como que nunca nació y nunca va a morir; pero se fortalece y debilita caprichosamente.
Todo lo deja después de moverlo, nada reclama para sí mismo, por eso no pierde el poder.
