Esta pandemia es muy diferente a la crisis económica del año 2002. Parece obvio, pero como abunda esa comparación me parece oportuno especificarlo.
En primer lugar, desde todo el espectro político tanto a nivel de dirigencia como a nivel de simpatizantes, se tiende a condenar moral y socialmente el oportunismo. Éste si bien se ha esbozado no ha tenido más que repercusiones negativas en lo que hace al juicio de incluso los afines ideológicos. La oposición ha tenido la gallardía de no trabar los esfuerzos gubernamentales, y el oficialismo ha demostrado seriedad. Eso es en líneas generales, y es lo que más seguridad o esperanza me da en el país.
Y el ciudadano medio ha entendido que hay que poner el bien común por delante del interés personal. Las falsas noticias que apuntan a la paranoia colectiva, por sadismo o búsqueda de notoriedad, no tienen tanto peso aquí como por ejemplo en España. Incluso se entendió que no hay que saquear a los supermercados, y se está combatiendo a los nuevos cárteles del alcohol en gel y los tapabocas de forma ordenada.
Se están respetando las directivas para disminuir la cadencia de contagios, y con eso facilitando la atención y evitar en lo posible la saturación del sistema de salud. El estado está respondiendo a las empresas privadas y a los empleados tanto públicos como privados, dentro de nuestras posibilidades.
Pero por ahora van quedando fuera de toda previsión los jornaleros, los informales como cuida coches y artistas callejeros, los mendigos que proliferaron en los últimos años, los que sobrevivían vendiendo artículos usados en ferias, o gente que ha sido despedida del trabajo. Frente a eso, sería bueno que el que conozca a alguien en esa situación, si puede lo ayude, porque no dejan de ser otros engranajes que hacen funcional a la sociedad. Máxime los que defienden el libre mercado y el anarcoindividualismo. Por lo menos una vez, que en lugar de los diez pesos le dejen cien al cuidacoches y capaz que le salvan el día. O si van a hacer una compra se acuerden de aquel pariente, amigo o conocido, y separen una bolsa con aceite, arroz, fideos, algo de carne para él.
Y que la convivencia forzada con los hijos y cónyuges sea una oportunidad para estrechar el vínculo familiar y transmitir la tecnología de la independencia y autoconservación. Saber hacerse la cama es tan importante como lavarse las manos, jugar un juego de mesa fortalece la comunicación, respetar el orden jerárquico en la mesa donde se come recupera el orden familiar. Y aprovechar a llamar por teléfono a los abuelos, esas bibliotecas vivientes que ya nadie consulta, porque no les hacen un favor sino que se hacen un favor a sí mismos.
Y manden mensajes positivos por whatsapp, si son tan inteligentes, respetables o espirituales no manden pornografía, no causa gracia ni mucho menos líbido, sino que suele ser patética. El que quiera ver porno tiene un montón de páginas en Internet, que ahora todos tenemos al alcance. No es broma.
Si hay intereses políticos o económicos para esta pandemia, si es un virus de laboratorio o una venganza de la naturaleza, ya se sabrá, o ya se discutirá seriamente en otro ámbito. Por ahora la única forma de sobrellevarlo es siguiendo las directivas oficiales y atendiendo a los consejos de la televisión oficial. Pero sin perder el espíritu crítico, último bastión de libertad e independencia.
El mejor lugar para pasar este momento de inflexión es para mí el Uruguay, por su gente, por su orden.
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