Cuando era joven y arrogante quería leer a todos los teóricos de la política, la filosofía y otros bodrios.
Ahora que aprendí que todas esas elucubraciones son enfermedades mentales, vuelvo a leer novelas de aventuras, realismo fantástico y obras juveniles.
Los primeros te llevan a mundos utópicos de reglas, estructuras, rencores que llaman ideales y te segregan de los demás. Los segundos te llevan al reino de la imaginación ilimitada, la libertad, el deseo de vivir y el descubrimiento de nuevas gentes, paisajes y situaciones.
Los viejos carcamanes se inventan valores y conceptos. Los jóvenes los conquistan. No es una cuestión de edad sino de poder: el poder decir a falta del poder hacer.
Cuando no soy crítico, soy condescendiente con el poder, pero me es ajeno. Ajeno a mis planes, ajeno a mi vida, ajeno a mis metas.
Mantener el cuerpo sano, nada menos frívolo, esa es la ley primera. Porque adonde vayas y hagas lo que hagas, estás con tu cuerpo. La mente le sigue.

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