Yo no se de qué inteligencia artificial me hablan. Un poco pretensioso llamarle así a una claculadora que puede acomodar muchos datos, aún sean infinitos.
A ver, con apenas siete notas musicales el hombre ha podido crear una inaprensible cantidad de composiciones musicales, y aún no las ha agotado. Y cada una de esas composiciones transmite estados de ánimo, recuerdos, pasiones, ideas y cualquier cosa que forme parte del espíritu humano. Denle a la inteligencia musical siete notas con sus acordes, bemoles, claves y todo lo necesario, y compondrá obras que sólo podrían ser clasificadas como basura. Es muy sencillo, el arte es la capacidad del ser humano para reordenar elementos preexistentes en la realidad, y así crear realidades nuevas. Y con ese principio se creó la arquitectura, incluso la agricultura y todas las manifestaciones de la cultura humana. Cultura que se refiere a una forma de adaptarse al medio natural.
Y en esa composición de la realidad no entran solamente datos fríos, ni búsqueda de mejoras tecnológicas por sí mismas, sino cosas tan humanas como la pereza para empujar una carga pesada e inventamos la rueda, o el miedo a las inclemencias del tiempo e inventamos el techo, la líbido y creamos ciertas pinturas, el hambre y creamos la lanza. Así esa puntada en el pecho, por la mañana temprano cuando aquel hombre se levanta de dormir, que exige un café y un cigarrillo para disimularse, esa misma puntada es la que crea la realidad. No somos inteligencia, la inteligencia es como músculo, que se puede atrofiar o hipertrofiar, que se puede adaptar, que puede dar o velocidad o fuerza o resistencia; y cada una de sus condiciones va en detrimento de las otras. Es la inteligencia que se especializa cuando está respaldada por otros, o que explota cuando se libera de obligaciones y vocaciones o necesidades específicas. Es muy versátil; pero el universo humano es mucho más que eso, el hombre tiene la capacidad de jugar, de perder el tiempo, de desear lo que no necesita, incluso de crear su propia necesidad. Y tantas cosas que sería pretensioso o imbécil para cualquiera el querer describirlas en detalle: es algo que no consiguió hacer la sucesión del pensamiento durante miles de años de historia. Y así, al final, es la intuición humana que sabe que sabe pero no sabe por qué sabe, otro elemento de los irreproducibles.
El poder global es como un marido narcisista que disfruta haciendo sufrir a su esposa. Si la casa está muy limpia la mujer sería maniática de la limpieza, y si está muy sucia ella sería también la culpable. Así nos dicen que el planeta está sucio por culpa de la humanidad; pero si nos quejamos de la agricultura abusiva resulta que somos ignorantes. O ahora que están rodeando a la Tierra de satélites, si nos quejamos somos bárbaros, y en unos años o generaciones nos culparán de la contaminación que llamarán o espacial, o estratosférica, o vaya uno a saber cómo. Y esos son los que nos dicen que la inteligencia artificial nos va a superar y debemos vivir con miedo de lo que publicamos en esta fantasía llamada Internet, o perseguirnos mentalmente porque el teléfono móvil nos rastrea en un gps y siempre saben dónde estamos, y cosas así. No señor, pueden saber dónde estoy, cuánto gasto y lo que pienso, hasta lo que como, pero soy inaprensible. Yo soy humano, como vos, se puede vivir conmigo treinta años y no terminar de conocerme. Ni la que te parió te conoce, en definitiva. Eso es más viejo que el mundo, el ser humano tiene otra capacidad, que es la de sorprender, cosa que una inteligencia artificial nunca será capaz de entender por más algoritmos que le metan. Es predecible, yo no, ni para mí mismo.
Y dicen que hay mucha gente en el mundo, demasiada. Yo no me lo creo, hay tal vez demasiada gente concentrada en ciudades: lo que ensucia, consume en exceso, restringe, es la urbe. Pero sin urbes no se puede administrar poder, las ciudades son el origen de los estados. Pero aún si así fuera, el solo hecho de haber nacido nos garantiza un espacio físico; pero también abre un universo espiritual y metafísico que cada uno va creando. Desde el negro del Africa, al indio del altiplano, o el que sólo ve asfalto en Nueva York, pasando por todos los demás seres humanos de este planeta, son dioses creadores de su propio espacio vital.
No me hablen de derechos, el derecho es una norma escrita que alguien da en detrimento de otra cosa. El ser en toda su extensión es una forma de la naturaleza divina, no necesita derechos porque el ser humano es el heredero de su propia tierra. Vos sos más importante, y más poderoso, que cualquier derecho que te quieran dar.
¿Inteligencia artificial? No me hagan reír. ¿Poder mundial? Otro disparate, así le llaman cuando un ato de idiotas pretende dirigir el mundo, cuando son incapaces de decirle al Sol que no se levante cada mañana.
Sí hay gente que hace daño, hay ideas que destruyen más que la espada. Y muchos podrán perecer por eso; pero la humanidad -a la cual estoy satisfecho de pertenecer como uno de sus más insignificantes miembros- es siempre más grande que los elementos individuales que produjo. Así que a los otros seres humanos no hay que tenerles miedo, ni desprecio tampoco, están sirviendo al progreso humano. Cuanto más comprometidos con dominar, más serviles terminan siendo, y merecen lástima más que otra cosa.
La humanidad suele despertar de sus siestas a cachetazos, si no es con uno, con dos o tres, o más. Siempre se levanta más fuerte.
Y en este preciso momento me voy a hacer algo que ninguna inteligencia artificial podría hacer nunca: tomar mate y rascarme por un par de horas. Salud.
viernes, 5 de junio de 2020
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