
Hace mucho pero mucho tiempo, cuando no existían ni radios ni correos eficientes, cuando la gente no soñaba tener un automóvil, Miguel se despedía de su madre, mientras ellas se alejaba con el muelle de Beirut y el permanecía en el brco. Quiso lanzarse al agua, sabía que no la vería en mucho tiempo, tal vez nunca más, él sólo tenía 20 años.
En su pobre maleta llevaba un jabón en forma de rosa, con aroma de rosas y color de rosa. Rosa, como el amor de su madre, como tal vez vemos la luz desde el útero. Esa era la única posesión material que lo vinculaba a quien le diera esta vida, buena o mala; pero que la mayoría quiere conservar y se aferra a ella como puede. Ni fotos, ni prendas, sólo eso.
No es que le haya dado poco, sino todo lo contrario, su madre le dio mucho materialmente. Miguel lustraba las botas de los soldados ingleses y franceses, con betún que él mismo fabricaba desde los diez años. Las ganancias iban directamente a su madre, para mantener a sus hermanas mayores ya que el padre murió en el desierto, de hambre, sed y frustración. Sus hermanos mayores sobrevivieron y combatían en las montañas. Èl mismo casi muere abandonado por la caravan de deportados, si no fuera por su madre que improvisara una lastimosa canción acompañàndose de una mandolina, lo que sensibilizó a un hombre que fue a buscarle ya caída la noche, adelantándose por poco a los lobos.
La madre de Miguel, día tras día, juntaba dinero como podía. Cuando èl cumplió determinada edad, ella le dio varias monedas de plata para que pudiera viajar y le dijo que era fruto de su propio trabajo, que ella estuvo ahorrando. También le compró un jabón, el ùnico lujo que pudo darse. Miguel se compró una cámara de cajón, de aquellas antiguas, y durante el viaje a Marsella estuvo haciendo un poco de dinero.
Este muchacho llegó a América, al maravilloso Uruguay de los años '30. Trabajó duro, con la grasa en el frigorífico Swift, después recorrió todo el campo con su càmara. Al final se compró un almacén y pudo construir gracias a los préstamos blandos de entonces. Llegó a tener varias propiedades, los vecinos lo conocían como a un hombre pudiente. Pero su bien más preciado, pocos lo sabían, era aquel jabón.
Una vez, después de ver aquella bola amorfa en el ropero de mi abuelo, Don Miguel, le pregunté qué era. Mi abuelo me contó la historia, me dijo que cada Pascua durante más de cincuenta años se bañaba con ese jabón, único recuerdo de su madre. El jabón después de mojarse y secarse completamente cincuenta veces había perdido el aroma de rosas, el color de rosa, la forma de rosa. Pero seguía transmitiendo la luz rosa del útero materno.
Antes de cerrar su féretro lo deposité dentro, en un acto simbólico que sólo nosotros entendíamos. Por eso lo comparto, con el afán de que otros también lo comprendan, con el afán de que se conozca que América Latina se construyó con millones de historias como ésta.